martes, 25 de octubre de 2011

La ausencia


Tenía frió en mis manos. La noche honda me hacía sentir aún peor. Un olor de suavidad en el aire y mi boca totalmente seca.

Cubrí la soledad de mi cuerpo y, cansado con las memorias de un pasado oculto, camino. Me detengo frente a un templo.

Hace ya tiempo que no miro al cielo. He perdido todo deseo de ver hacia una inmensidad distante desde que mi vida es diminuta. Pero no sé qué sensación me hace alzar mi perdida mirada.

Es un movimiento pequeño que llama mi atención:

Un cuchicheo discreto.
Su imagen en calma.
Un ángel ¡una mujer!


Como el cliché más vago venía engalanada de negro y con sus alas extendidas. Quedé con mi boca abierta. Mi corazón se detuvo por un momento y quede abrigado de fieltro eterno.

La vi bajar en silencio desde la punta del templo hasta mí.

Se acerca a mi cara y dulcemente me besa. Yo todavía instintivo escuché su respiración llena de vida.

Modula sus labios sin querer  hablar. Su bella cara, blanca; su boca, sin brillo, de labio color rosa y su pelo, negro oscuro, resaltan sus ojos verdes todavía guardados en mi alma.

– ¡Ella me abraza! y por primera vez pienso en la muerte. Ya la hube de sentir en la calle en más de una ocasión.

¡Me transmite una sensación de paz!

Pero, diferente a lo que uno podría esperar de esa muerte callejera, todo se vuelve un pequeño calor.

Dejamos atrás el suelo duro y violento, despacio… muy despacio. Me mira y gesticula una risa radiante. Entendí que ese no era el final.

El velo blando como su piel, que yo en un principio no quería tocar, rozó mis ojos.

No sólo perdí toda noción de lugar, sino que mi defensa natural al contacto cayó y quedé de rostro frágil ante el ángel. Estaba en un mundo diferente.

Sus primeras palabras todavía resuenan cuando siento el viento. Pronunció mi nombre empapado en almíbar. Mi corazón verdaderamente se fundió. En el pasado siempre lo creía, ahora, verdaderamente lo sentí.

Bajamos a una tierra de dispersos colores. Otro beso, sin yo tener conciencia. Nos sentamos en una piedra que estaba sola en el centro. Habló de mi vida.

Creo verlo todo en azul. En el pasado pensé que era de esta forma, pero me di cuenta de que estaba muy equivocado. Una felicidad, por demás vivida, me habitó. Me sentí mejor que al beber para olvidar. En la calle uno se tiene que olvidar para prolongarse.

El tiempo no lo encontraba real. Todo era disuelto en este lugar.

Fue cuando ella señaló un resplandor más allá del horizonte y me dijo que debíamos volver. Sin yo quererlo asentí con mi cabeza. Me levanté y me detuvo. El viejo uniforme roto no me dejó percibir su tacto, aunque me lo imaginé. Entonces sacó una bufanda de colores brillantes. Me gustó sobremanera. Regresamos.

Se acercó, me tocó el rostro y me besó otra vez. La vi desaparecer en un cielo disuelto. Sus alas se movían a un ritmo que supuse que expresaba contentamiento.

Desperté sin los mapas. Se habían volado. Me di vuelta y sentí la botella de vidrio. Se encontraba vacía. Yo en ese momento me descubrí también vació. Me levanté  y mi cuerpo comenzó a desentumecerse. Me acomodé el uniforme, levante la ametralladora y di dos vueltas a la bufanda de colores brillantes.

La luz del amanecer comenzaba a develar los cuerpos ya inertes que no eran ni ángel, ni beso, ni almíbar.

Cuento corto por Adrián Montenegro.

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