martes, 23 de marzo de 2010

Conductores y leyes de principio de milenio

Versados acólitos, he de decir, que aunque sea un gustador de etílico, jamás hube de manejar bajo efectos de este tipo, pues una racionalidad fuerte, no me permite cometer tal acto, pero hay otros que no, otros que piensan ser los mejores y que el elixir de Baco, nada les afectara. Debido a esto, la ley se puso fuerte, ahora bajo la cabeza de nuevo y enterro su dureza, la cual era el inicio para una correcta educación. Pues los mortales de este breve territorio costarricense, sólo entiende a las malas.

Por ello he de publicar uno de esos mensajes que me llegaron al correo, nunca lo hago, pero si tienen el tiempo suficiente para leerlo, les invito, para hacerlo.

Conductores borrachos y leyes de juguete
Reto a los que dejaron que siga la fiesta de quienes toman alcohol y
conducen hasta matar

Marco Vinicio Vargas es jefe de la Unidad de Trama, Hospital Nacional de Niños, Dr. Carlos Sáenz Herrera traumahnn@gmail.com


Mis rodillas no se mueven. Mis piernas están adormecidas y no quieren
caminar. Es curioso, son solo diez metros hasta aquel salón, donde me
esperan unos padres ansiosos y desesperados, y todo mi cuerpo se resiste a
avanzar.

Hace solo dos minutos, salí de la sala de reanimación de la Unidad de
Trauma del Hospital Nacional de Niños en donde yacen dos seres humanos
maravillosos: un niño y una niña. Juntos, no suman ni once años de vida.
Ambos fueron impactados por un carro en el vehículo en el que viajaban
para la escuela. La explosión de fuerza que se produjo, atrapó sus
cuerpecitos entre el caos de latas. Sus cabecitas quedaron mezcladas entre
el metal retorcido. Sus manitas, chocaron contra el filo del vidrio
cortante. Sus espaldas pegaron contra el duro y negro asfalto. Ambos están
muertos.

Miro a mis compañeros de equipo y en sus ojos se refleja el dolor por la
pérdida de quienes, apenas hace media hora, eran unos pequeños
desconocidos. Sus miradas reflejan la frustración de quien pierde una
batalla. Están con el alma cansada porque nadie nunca es el mismo luego de
ver morir a un niño, y menos a dos.

Ahora, como grupo, tenemos otra responsabilidad igual o más dura que
batallar de cara contra la muerte. Es la responsabilidad de estar frente a
un par de padres quienes, con la mayor angustia, nos esperan para saber
cómo están sus pequeños.

La puerta se abre y en forma inmediata dos pares de ojos enrojecidos se
conectan con los míos y naufragan en la mirada de quienes me acompañan.
Una sonrisa hecha mueca desaparece rápidamente en sus caras como queriendo
engañar al cuerpo diciéndole que las cosas van a estar bien. Se toman las
manos. No podrían estar más cerca. Con manos temblorosas, se limpian las
lágrimas. Sus manos están blancas como toda la piel de sus cuerpos. A
pesar de que tenemos solo treinta segundos en esa habitación, es fácil ver
el temblor en sus labios al hablar y sus rodillas inquietas. Son un par de
padres aterrorizados.

Finalmente, cuando lo que debe suceder no se puede contener, cuando tengo
la responsabilidad de hablar y de aplastar la esperanza de vida, mi voz al
igual que mis piernas, flaquea. ¿Cómo hacer esto? ¿Cómo decirle a un par
de jóvenes que sus hijos están muertos? ¿Cómo explicarles que hoy, al
regresar y abrir la puerta de la casa, no se encontrarán con aquellas
voces llamando a papá?

Cuando, por fin, la voz se suelta y pronuncia el discurso tan temido, este
hombre y esta mujer abren sus bocas tratando de aspirar el alma de sus
hijos. Un viento frío, helado, se pega en sus gargantas y no los deja
respirar. En aquella habitación de hospital, todo empieza a moverse en
cámara lenta. Nos miran tratando de encontrar una cara que les diga que lo
que acaban de oír fue una broma macabra. Buscan una cara que les diga lo
contrario, que les devuelva la vida a sus hijos y a ellos'.

Es al final de esta conversación cuando nos golpea otra realidad: el
conductor que los colisionó está detenido, pero aún no sabe que sucedió.
Venía de una fiesta y está tan borracho, tan inconsciente, tan feliz'
Resulta que conducir después de tomar licor era su conducta habitual. Nos
enteramos de que ya lo habían detenido, pero -qué casualidad- dicen que no
era reincidente.

Permisividad criminal. Resulta que, ahora, quien les explica a estos papás
que sus hijos deberán ir a una morgue en lugar de terminar su viaje y
llegar a la escuela, sabe que esto pasa porque el Estado costarricense es
permisivo y que quien debería estar detenido por usar un arma en la vía
pública bajo los efectos del alcohol, está en la calle por el "pobrecito"'


Reto a quienes, por salvar unos cuantos votos, permitieron que siguiera la
fiesta de miles de personas que todos los días toman licor antes de llegar
a sus casas y conducen hasta matar.

Pero también reto a cada uno de los ciudadanos que favorecen esas
conductas diciendo "'. ¿cómo? Ahora, no se puede tomar ni un traguito",
"'diay, entonces no se puede ni ir a una graduación", "' ¡Qué vida! Ya no
podemos ir a una fiesta"' como si todo lo que se celebrara en las fiestas
fuese el guaro. Los reto por haber permitido que esto sucediera.

Reto a cada ciudadano por no haber hecho más, ni ellos ni nosotros, ni
ellos ni yo. Nuestra función en la sociedad no se limita a dejar solos a
los que gobiernan. No tuvimos el valor, la fuerza y la entereza para tener
un estado de cero tolerancia a la conducción bajo los efectos del alcohol.
Los ciudadanos no tuvimos el nivel de organización y valor que tuvo
Candice Lightner en 1980, quien, después de enfrentar la muerte de su hija
de 13 años por un conductor borracho, fundó en los Estados Unidos MADD,
que son las siglas en inglés de una organización cuya traducción en
español es "Madres Contra Conductores Borrachos" (www.madd.org <http://www.madd.org/> ).

Tenemos que asumir como costarricenses que nuestras almas también estarán
manchadas por la sangre de cada niño, de cada niña y de cada persona que
muera o sufra lesiones por una conducta asociada a la conducción y al
alcohol, conductas que pudieron ser frenadas con una ley realmente fuerte
que permitiera a los fiscales y jueces tener armas de peso para trabajar.
No leyes de juguete, con portillos para evadir la responsabilidad y, peor
aún, evadir la moralidad que, como seres humanos, debemos tener: esa
humanidad y moralidad que, después de defender o de liberar a un conductor
borracho, nos permita vernos ante un espejo y no sentir verguenza y asco
de nuestros actos y de nosotros mismos.

Después de casi diez años de ser el cirujano responsable de la Unidad de
Trauma del Hospital Nacional de Niños y de haber dado esta noticia unas
doscientas cincuenta veces a unas doscientas cincuenta familias, les puedo
decir que una parte de nosotros se queda ahí, y que es peor cuando en la
intimidad de nuestro ser sabemos que aquello no debió suceder. Reto a
todos los responsables de estas muertes para que vengan a hablar con estos
padres.

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